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“Lucharé hasta quemar el último cartucho”. Ambos sabían que no había nada que hacer, que la batalla estaba perdida, que iban a morir, pero combatieron por un ideal superior, la defensa de la patria

Francisco Miró Quesada Rada

Lo conocí en 1950. Yo tenía 3 años, él hacía rato que había muerto, pero estaba allí parado frente a mí mirando al cielo, con su mano izquierda en alto cogiendo la bandera y en la otra el revólver apuntando hacia abajo.

Lo miraba desde lejos, desde el balcón de la casa de mi abuelo y sentía que me miraba, pero que también lo hacía con todos los que pasaban por ahí, en sus Chevrolet, Ford o Dodge, autos estadounidenses que entonces eran imbatibles, por su amplitud, comodidad y lo barato de la gasolina, pero también miraba a los transeúntes, quienes atravesaban la plaza Bolognesi, esa que lleva su nombre, plaza neoclásica donde convergen paseo Colón, Guzmán Blanco, Alfonso Ugarte, Arica y Brasil, todas grandes e históricas vías de la ciudad.

No lo conocí por los libros de historia, sino por tenerlo al frente y porque mi abuelo Eduardo Rada  y mi tío Eduardo, arequipeño y chinchano de pura cepa, respectivamente, me hablaban de él.

Militar absoluto, totalmente profesional, austero y severo consigo mismo. No se metió en los vericuetos políticos de los caudillos militares de su época. Su figura es la majestad absoluta, esa majestad propia de un carisma que no es la del político, sino la del héroe.

Un texto publicado en El Comercio el domingo 7, Día de la Jura de la Bandera, nos informa que nació en Lima en la calle Afligidos, hoy jirón Cailloma, pero pasó su niñez y juventud en Arequipa, ciudad que siempre quiso, donde estudió y donde nació su madre, Juana Cervantes.

En 1963 visité Arica. En esa oportunidad no subí al morro. Años después, en un viaje que organicé con mi familia, retorné y fui al pequeño museo militar situado a un costado del morro.

Este año estuve en Tacna para la realización de una audiencia pública que hace 13 años organiza nuestro Diario. Así, regresé a Arica.

Esta vez me acompañó al morro mi nieta Lucía, quien me preguntaba sobre un soldado que se aventó, sin duda indagaba sobre Alfonso Ugarte, héroe grandioso que dejó su vida acomodada para defender a la patria.

Tras explicarle quiénes fueron Bolognesi y Ugarte, fuimos al museo y, ¡oh, sorpresa!, en la entrada hay un busto de Francisco Bolognesi, como un homenaje a su heroica gesta.

Dice la placa: “Coronel Francisco Bolognesi, jefe de la Guarnición Peruana apostada en Arica”. Así, el victorioso le hace un homenaje al vencido.

Un Plutarco (historiador griego en la época romana que escribió “Vidas paralelas”) moderno hubiese comparado a Bolognesi con Leónidas, el gran espartano, incluso por las respuestas que ambos dieron a quienes les pidieron la rendición.

Según Heródoto, antes de iniciar el combate, el espartano Dienekes dijo que eran tantos los arqueros persas que “sus flechas cubrían el sol” y “volvían el día en noche y si los persas tapaban el sol, podrían luchar a la sombra”.

Jerjes le envía un mensaje a Leónidas ofreciéndoles la rendición y, a cambio, les perdonaría la vida si entregaban sus armas, a lo que Leónidas respondió: “Ven a buscarlas tú mismo”.

La respuesta de Bolognesi al pedido de rendición fue: “Lucharé hasta quemar el último cartucho”.

Ambos sabían que no había nada que hacer, que la batalla estaba perdida, que iban a morir, pero combatieron por un ideal superior, la defensa de la patria, es decir, de su pueblo, de su nación, de los demás.

Bolognesi encaja en la definición del héroe, palabra que viene del latín ‘heros’, que deriva de un vocablo griego, y refiere a un hombre ilustre, reconocido por sus virtudes y hazañas.

Héroe es, por ejemplo, aquel que se inmola por los demás para que no sean conquistados por el invasor. Es el defensor de la ciudad. Por eso en la “Ilíada” el verdadero héroe es Héctor, no Aquiles, el invasor.

El primero se enfrentó al Pélida griego sabiendo que iba a morir. Esto está en la literatura, pero se basa en hechos reales. La guerra de Troya ocurrió más de mil años antes de Cristo.

Del mismo modo, Bolognesi da mucho para la imaginación literaria.

Valores, coraje moral y coraje físico es lo que define al héroe perfecto, además de su voluntad de saber que se inmola por amor a los demás y a su tierra. Mi admiración por Bolognesi es ahora más profunda, no para que haya guerra, sino para que tengamos paz.

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